Todo lo que decimos o escribimos es, como bien podemos observar, un reflejo de nuestro pensamiento, de nuestras ideas. Como tal, es de vital importancia que dicho acto de hablar o escribir sea realizado adecuadamente.
La razón es obvia. El acto de expresarse es un fin en sí mismo. Por lo tanto, sería un derroche de tiempo y energía hacerlo mal. Es más, en el caso de expresarse vagamente, sería más probable que se nos malinterpretara, lo cual tampoco queremos.
Llegamos rápidamente a una (simple) conclusión:
Es mucho mejor para nosotros hablar y escribir bien, cuidar cada una de nuestras palabras. Diría que casi de vital importancia.
Ahora bien, en nuestra sociedad se premia la cantidad frente a la calidad; y lo más importante, vivimos en la sociedad opuesta a la llamada slow-life (que valoro bastante, por cierto). ¿A dónde nos lleva esto? Precisamente a hacer las cosas cuanto antes, mejor (y cuantas más cosas, ‘pos‘ mejor).
Y, sinceramente, considero esto uno de los más graves errores que cometemos.
En el ámbito del lenguaje y de la comunicación, también ésto es un grave problema. ¡No nos permite expresarnos bien!
Todas esas parafernalias del lenguaje-sms, txts rdcids al xtrmo, faltas de hortojrafya y demás elementos que prefiero no recordar. Todo eso está considerado como algo cada vez más normal, más común, y sobre todo, algo que no se valora como un aspect negativo. Mas no es así.
Cualquier persona que tenga un mínimo sentido crítico puede comprobar como las conversaciones juveniles van tendiendo a un ritmo vertiginoso a la simplicidad. La mayoría se basan en una estructura de sujeto + verbo + complemento. Es decir, una oración simple de toda la vida. (Y olvídense, amigos, de pretender hablar sobre algún tema abstracto)
Cada vez más normalizado, cada vez más cuantioso. Y más en Internet, donde la R.A.E. lleva un tiempo bajo tierra.
Mi petición es: cuida tus palabras, exprésate bien.
Monk, hamijos.