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Desde dentro + On Air

29 jul

No se había dado cuenta nunca antes, no hasta aquel día. Despertó y fue entonces cuando se encontró con ese extraño mono. Sin saberlo él, llevaba toda su vida portando un pequeño e invisible mono en su cabeza. Allí alojado, le hablaba, le llevaba hablando desde que nació, pero él no tenía conciencia de que así fuera. Así fue que, en el momento de apercibirlo, le pareció extraño, incluso tardó un buen rato en asumir lo que estaba experimentando. En el momento en que lo advirtió, se asustó, claro que se asustó. Tantos años creyendo vivir libre, creyendo ser independiente y único, no pasan en balde. Ahora sabía que portaba una carga con la que nunca había contado y que ni siquiera le habían dado a elegir llevar. Sintió que uno de los pilares que sostenían su conjunto de creencias y valores se venía abajo de manera inesperada, sin dar ninguna señal previa. Tan solo, comenzó a caer.

La angustia le empezó a perseguir y rodear, sintió una gran confusión, su cabeza ganaba peso y la ley de la gravedad ejercía más y más fuerza contra él. Sus piernas empezaron a temblar, haciendo esfuerzos para mantener el equilibrio en un suelo que dejaba de ser estable, que se asemejaba por momentos a unas arenas movedizas que le tragaban. Sentía al mono mirándole, hablándole continuamente, le saludaba, le cuestionaba, le insultaba incluso. La sensación era nueva para él, a pesar de que llevara toda la vida sucediéndole sin que él hubiera sentido nada raro. El acoso que sentía era enorme, no podía parar de sentirse observado, de notar un intenso pitido, un constante flujo de palabras que chocaban contra él como la furia de la marea contra las rocas de un acantilado, una y otra vez, erosionándole. El malestar que el muchacho sentía fue haciéndose tan grande que no se le ocurrió otra cosa que echar a correr.

No se paró un segundo a apagar la luz, a cerrar la puerta con llave, a coger algo de abrigo. Simplemente, salió de casa lo más rápido que pudo y no miró atrás. Notaba la presencia del mono, notaba su peso, el peso de su cuerpo que se acumulaba en sus piernas; notaba sus músculos tensarse, el sudor resbalar por su piel, haciendo de barrera entre el frío y él. Recorría esas calles que llevaba años conociendo, pero parecían nuevas, la luz de las farolas le hizo creer que era perseguido por helicópteros; se sentía un fugitivo, un Robinson Crusoe en una isla rodeada por fuego, un pájaro que intentaba infructuosamente volver al cascarón del que hacía poco había salido, asustado por todo lo que le rodeaba, temiendo que sus alas no respondieran. Aun así, no paraba de correr. Su camiseta estaba empapada, le molestaban los pies y cada vez jadeaba más. Por mucho que le doliera todo, se repetía una y otra vez, no podía darse por vencido. No sabía muy bien el porqué de su carrera, solo trataba de aguantar hasta que fuera necesario.

Sin embargo, él nunca fue un gran deportista, así que las piernas le empezaron a fallar; finalmente, tuvo que parar en seco, cayendo rendido al suelo. No tenía idea del tiempo que llevaba corriendo, pero se sintió algo aliviado. Miro a su alrededor y, al no ver al mono, se creyó a salvo. Poco duraría su satisfacción, porque era el propio mono el que incansablemente le repetía que no sabía qué hora era, que hacía frío, que era débil, que estaba perdido. De repente, se produjo una lucha entre las recién liberadas endorfinas y el mono que tanto le aterraba. Comprendió que no podría dejar atrás al malvado ser, porque no iba junto a él, sino que iba siempre dentro de él. Y nunca paraba de hablar, parecía un saco sin fondo de palabras, con un continuo discurso desgarrador, que le desangraba por dentro, que le minaba el ser. Era falso aquello del ángel y el diablo, él solo notaba como ambos pies del mono, que parecía aumentar de tamaño por momentos, le hundían los hombros, sus manos (que ya parecían garras) tiraban de su materia gris más que de su pelo y, si levantaba la mirada, casi podía ver al mono esperándole con una nueva parrafada. El silencio no existía ya para el joven.

De nuevo, se levantó, sacando fuerzas de donde pudo, y echó a correr, de manera un poco torpe, hasta que logró coordinar sus extremidades y reunir la energía suficiente como para dejar atrás sus propios pasos. Una y otra vez se repetía que aunque no pudiera dejar atrás al mono, correría hasta que lo cansara y parara de hablar. Al principio, lo murmuraba en voz baja, pero hacía tiempo que había entrado en su reserva de combustible y, de ese modo, era muy difícil controlar lo que hacía. Se sorprendió gritando desesperadamente y caminando sin ninguna coordinación. Llevó sus pesados pies hasta una fuente cercana de la que brotaba un hilo brillante de agua. Tampoco podía cansar al mono, porque moriría en el intento. El mono solo callaría cuando él cayera muerto. Sus inquietudes y el frío que sentía no le impidieron tragar agua y mojarse, agarrarse al chorro helado con la esperanza de que en algún momento la fuerza de la corriente atrapara al mono y cayera como por una prominente cascada.

Evidentemente, nada de eso ocurrió. El frío se alojaba en sus sienes y entumecía los dedos de sus manos. Derrengado y con cierta desesperación, se arrastraba hacia la luz más cercana, intentaba buscar alguna fuente de energía. Durante su larga carrera no solo había salido de su casa y de las calles que tanto conocía, había dejado atrás el centro de su ciudad, había salido del lugar con el que estaba familiarizado, se encontraba en un lugar aparentemente vacío, en algún punto de las afueras de aquella. Estaba sucio, empapado, cansado. Y el mono seguía allí. El esfuerzo que había hecho era agotador, pero, incluso entonces, siguió arrastrándose, sin rumbo, alejándose de ese mono que le acosaba desde el pasado, le recordaba sus errores, le decía que se había metido en un gran lío, que estaba solo, en un lugar que no conocía, sin fuerzas, sin nadie que le socorriera. Su situación era desesperada y el mono todavía se atrevía a sacarle de sus casillas, a sumirle en su propio infierno. Dejó de arrastrarse, no estaba por la labor de seguir jugando a ese juego. El mono le había hecho huir de los lugares que frecuentaba y de la gente a la que amaba, le había forzado a correr hasta la extenuación, a gatear por el barro, a sufrir el frío de la noche. “He caído en tu trampa, lo reconozco”, gritó, de sus ojos brotaban lágrimas. Su rostro, había perdido toda la belleza que había tenido poco tiempo atrás, marcas de dolor y desesperación desfiguraban sus rasgos y afeaban cada centímetro de su piel.

De repente, el chico comenzó a reír. Estaba acabado, al borde del desfallecimiento, pero solo se le ocurrió reír. A carcajadas. Sin parar. Reía y lloraba, unas lágrimas pequeñas y delicadas mojaban su cara. Estuvo así varios minutos, sin parar. Y después de la tempestad llegó la calma. La noche recuperó su presencia, con el ruido característico de las afueras, el brillo de las estrellas y las nubes moviéndose. La luna le observaba fríamente, como juzgándole, lo que le hizo sentirse observado. A pesar de que tenía la ropa manchada y mojada, empezó a sentir un placentero calor surgiendo de su pierna. No se paró a evaluar lo que pasaba, en ese momento ya daba igual, pero no podía dejar de notar que ese calor se movía, crecía quizás. Segundos después, vio a un pequeño perro olisqueando y oliéndole las manos. Sin embargo, no llego a ver llegar al acompañante del perro que, de repente estaba allí, con una sonrisa en la boca y como surgido de la nada.

“Así es la ciudad, muchacho”, comenzó diciendo el anciano que seguía al perro, el joven dirigió su mirada hacia él, y si hubiera sido capaz de reflejar algo, sin duda, sus ojos hubieran dado señales de sorpresa y confusión. “Desde pequeños nos dan a entender que la ciudad no existe sin el ruido, nos enseñan que no hay silencio y vivimos con esa creencia, sin planteárnoslo siquiera”, lanzó un palo al perro que salió rápidamente en su búsqueda y siguió su discurso mirando al joven que yacía todavía en el suelo. “Nadie nos enseña que el ruido esconde un perfecto silencio, sin embargo todos tenemos a ese mono que nos habla custodiándolo, distrayéndonos de la realidad, confundiéndonos y llevándonos a correr intentando alejarnos del ruido. Pero el silencio no está en ningún sitio más allá”.

Cuidadosamente se quitó un largo abrigo que llevaba y se lo colocó por encima al chico, que intentaba incorporarse. “El secreto es que no tenemos que hacer nada para pasar la barrera que nos pone el mono. La mala noticia es que no sabemos no hacer nada. Nos enseñan a leer, a escribir, a cocinar… Pero no nos enseñan a no hacer nada. Nos dicen que el insomnio es algo normal, que el ruido es el causante del insomnio, y nos dan pastillas para dormir. Yo, cuando tengo insomnio, saco a mi querido perro, como hago ahora, o si no, intento no hacer nada. Si el mono deja de percibir señales de que le estamos escuchando, se irá por sí solo. Volverá al cabo del tiempo, no mucho, pero veremos que desaparece y podremos dormir. Esa es otra buena noticia, podemos encontrar el silencio, podemos engañar al mono, pasar a través de él. El mono siempre querrá volver, se acercará y lo logrará, de hecho, pero en cada ocasión podremos volver a jugársela. Nosotros nos hacemos más fuertes, él no”. El muchacho, ya sentado, le miraba con extrañeza, se sentía obnubilado, como en un sueño, pero creía comprender aquello que el anciano le estaba contando. Se fijaba en cómo gesticulaba, en sus rasgos, sus facciones que parecían indias.

“¿Y cómo sabe usted todo eso?”, le preguntó inquieto. El perro, jugueteaba otra vez cerca del chaval, que observaba todo sin llegar a creérselo. Miraba a perro y amo alternativamente. El anciano esbozó una breve sonrisa, acarició al perro y le volvió a lanzar el palo que su mascota seguía mordisqueando. Miró de nuevo al chico y continuó hablando como si no hubiera oído la pregunta, “No son muchos los que descubren la presencia de ese mono, la mayoría viven una vida mediocre inconscientemente, atormentados por aquello que alimenta al mono. Solo unos pocos son capaces de enfrentarse a él, aunque sus primeras batallas sean tan desastrosas como la que estás librando ahora mismo. Mi perro y yo te sentimos llegar en la distancia, con tus demonios a flor de piel. Uno ha vivido mucho y puede ver a la gente caer”. El chico intentaba inútilmente levantarse, se dirigía al anciano con una expresión triste, murmurando con impotencia, “por favor, sálveme, ayúdeme a librarme del mono, no puedo más”. Sus piernas apenas podían sostener su peso y tenía que recular continuamente en sus intentos por levantarse. Con una sonrisa aún más amplia, le replicó el viejo señor, “lo siento, no puedo salvarte. He venido a socorrerte, pero en última instancia serás tú y solo tú el que se deshaga del mono. Ahora te ayudaré a levantar y podremos dejar esto atrás”.

Gentilmente agarró sus manos y tiró de él, poniéndole de pie sin ninguna dificultad, como por arte de magia. El chico sintió renovadas fuerzas en las piernas que le ayudaron a caminar al lado del anciano que le guiaba y sostenía sin dejar que se tambaleara. Encabezando el grupo, el perro correteaba alegremente. “Nunca creí eso de que los hombres somos la especie más desarrollada y con mayor inteligencia. Mira a mi pequeño, correteando sin ninguna preocupación, se mantiene alegre hasta en las situaciones críticas. No se deja engañar como nosotros, que parecemos títeres, nuestras vidas giran con solo tirar de un hilo. Eso no es lo que yo llamaría inteligencia”, le dijo al muchacho, siempre con la sonrisa y los ojos amables que le miraban desde el principio. Sin saber cómo, el jovenzuelo se sentía acogido, no le hacía sentirse incómodo el hecho de estar en un lugar desconocido acompañado de un extraño y su jovial mascota. Por alguna razón, sentía de nuevo una sensación de confort por su cuerpo, había visto alejarse al mono por algunos instantes y, a pesar de que no cesaba con sus intervenciones, le parecía que sus ataques se podían controlar. Giró su cabeza hacia el anciano y le devolvió la sonrisa, profundamente agradecido.

Se dejó llevar por los dos compañeros, no le importaba a dónde fueran, después de todo se sentía vivo nuevamente. El perro seguía yendo el primero, seguro del camino que debía tomar, correteando gracioso. En vez de entrar a la ciudad, seguían caminando en el sentido contrario, caminando por caminos rodeados de hierbajos, alejados de la luz de ciudad, sin más farola que la luna, iluminando tímidamente el sendero, apenas marcado en la tierra. El chico seguía tranquilo, un aura de paz rodeaba a sus compañeros, le contagiaba incluso. No podía sentir miedo, eran unos desconocidos de los que sabía que sí podía fiarse. Caminaba sin preocupaciones, con los ojos entreabiertos, respirando un aire limpio, mucho más limpio que el del interior de la ciudad. No escuchaba nada sino la naturaleza, los coches quedaban a lo lejos, simulando en sonido de las olas, en un mar de calma que nada tenía que ver con el estrés, los atascos y las preocupaciones. Podía oír crujir las ramas debajo de sus pies, los insectos alrededor, casi sentía sus movimientos. Pasó los minutos fijándose en los pasos que iba dando, las huellas que dejaba el perro. Pronto, se divisó una pequeña casa a un lado del camino, de color oscuro casi camuflada. El perro ladró alegré y salió corriendo hasta que entró por la puerta que estaba entreabierta. El viejo y él entraron en la casa poco después.

Hasta que el anciano encendió una pequeña estufa de madera, el muchacho no consiguió ver nada. El ambiente transmitía paz, a pesar de que la estancia era algo lúgubre. El calor se comenzó a sentir en pocos minutos. El muchacho observaba el lugar, impresionado por la sencillez y humildad del sitio. Apenas unos pocos muebles, los estrictamente necesarios. Le recordaba a la pequeña casa de campo que solía visitar de niño con sus padres. Tenía la misma esencia y ese sabor añejo y libre de complicaciones. Antes de que pudiera haberse fijado en todo, el viejo estaba de vuelta con un par de mantas. El chico recordó que todavía tenía la ropa mojada y que el frío no había desaparecido del todo (aunque lo hubiera olvidado temporalmente). Le ayudó a recostarse en un antiguo camastro después de ponerse una especie de túnica larga ya algo raída que el anfitrión traía consigo. Arropado y acomodado, fijó su mirada en la pequeña estufa, que, a través de un orificio, dejaba ver el fuego, buscando imágenes en las llamas, intentando leer las historias que los troncos quemados cuentan. Encontró gran belleza en las brasas, una belleza sutil a la vez que simple. No se había imaginado que antes pudiera haber percibido algo así.

Antes de que los ojos se le cerraran del todo, el anciano le acercó una taza caliente de una bebida que no consiguió distinguir, algún tipo de infusión extraña, quizás. Fuera lo que fuese, el efecto fue fantástico: acabó con todo el frío y malestar que quedaba dentro de él. Además, el muchacho notó el peso de sus párpados, que caían irremediablemente. El cansancio se manifestaba de una vez por todas, la fatiga de la lucha del joven contra sí mismo volvía a tomar protagonismo. Parecía seguir el mismo camino que el perro, que en un instante se había quedado dormido cerca del calor. Girando el cuello, buscó a su compañero, que, apreciando el interés del joven, se acercó, recogió la taza vacía de las manos del cansado chico, apoyando en el hombro de este su mano y mirándole con ternura. La sonrisa brillante le hizo cerrar los ojos y quedar dormido por fin, mientras el viejo se alejaba. No hizo falta nada más, ni una sola palabra.

El muchacho despertó en su cama, en el ambiente familiar de su habitación. En su cuerpo no había resto de cansancio, ni un rasguño, ni una mancha. Ningún rastro del venerable anciano o del perro. Solo estaba en su casa, sintiendo al mono que habitaba en su cabeza, con una sonrisa en la boca. Antes de levantarse para responder a la llamada de su madre que le requería desde otro extremo de su hogar, esbozó una sonrisa más grande aún y dijo en voz alta:

“Buenos días, amigo”.

 

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